Ese momento en el que sin esperarlo te bloqueas. Sientes que
no estás en un callejón en el que no es solo que no puedas salir, sino que, aunque
hay salida y la ves, no encuentras la manera de acercarte a ella.
No sé a que se debe ese bloqueo. No sé en que bucle estamos
que nos aleja de la salida, pero veo demasiada gente bloqueada.
Demasiada gente parada en el abismo de sus vidas pensando si
merecerá la pena incluso el salto que acabe con todo. ¿Merecería algo la pena?
¿Algo realmente me acercará a la salida?
Y entre esas preguntas nadamos todos, y entre esas preguntas
nos ahogamos algunos. Porque hay gente que ha aprendido a nadar en la duda, a
nadar en la incertidumbre y a flotar y dejarse llevar en un bloqueo sin fin.
Han aprendido a que deje de importar no saber qué hacer.
Les envidio.
Pero pienso que, en el fondo, de vez en cuando, se dan
cuenta de como es su vida y sufren. En esos cinco minutos a la semana que
recuerdan que no saben que hacen, que no saben en quien confiar y que no saben
como cambiar el curso de las cosas sienten tanto dolor que ese mismo dolor les
devuelve al bloqueo.
Bloqueados no duele. Bloqueados no se piensa.
Al menos eso han conseguido ellos. Yo bloqueada si que
pienso, y escribo, y medito, y me creo superior por hablar de esto pensando que
entiendo… pero en el fondo esto es solo el bloqueo. Y el bloqueo, como he dicho
antes, es no encontrar una salida. Y esto tampoco lo es.